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UNA ISLA REALMENTE IMAGINADA

De niño, entre sueños, recordaba el relato que hablaba de una isla encantada que se mecía sobre el mar; en mis lecturas juveniles, me hallé de nuevo sumergido en este tema; tras las bellas artes, descubrí la pintura de paisaje de esta isla, llamando mi atención la fidelidad y los detalles de sus templos y recintos milenarios; comprendí entonces, que algún día debía viajar para verlos en la realidad.

La isla, poseedora de un legado universal que en cualquier momento se ha predicho puede llegar a colapsar, bajo las aguas de su propio mar.


Pasaron años en los que profundicé en su estudio, en su existencia legendaria, luego se hizo necesario visitarla, entonces la recorrí con la avidez de un explorador y la audacia de un aventurero.


La primera impresión de la serenísima, hermosamente arcaica, fue la de una villa que atraía con su magia, que había esperado mi llegada, y esto era suficiente para amarla. La dama suntuosa se mecía sobre el agua, sinceramente me sentí como volviendo a casa, como si hubiera estado allí anteriormente y este fuera apenas un retorno.

Aristocrática, cosmopolita, próspera, romántica, nostálgica, mundana, arruinada, opulenta, marinera, y hasta mal oliente, nacida de la nada, convertida sin embargo por los hombres en una humana realidad, en una obra de arte, a la que todos quieren ir en romería, una reliquia universal.


Navegué en sus "mareas altas", y caminé sus promenades inundadas, hice una lectura comparada de diversas referencias, fui armando un rompecabezas de sus épocas, su trazado arquitectónico, los dibujos y pinturas existentes. Una cosa fue llevando a la otra, sin embargo, dejé que ella misma se dispusiera, se manifestará a su manera con sus góticas y barrocas arquitecturas: arcos, bóvedas, rosetones, columnas contrafuertes y arbotantes, curvas, elipses y espirales.

Por sus canales navegué en sus regatas de original estilo, conducidas por típicos remeros, en estrechos laberintos que conocí de la mano de expertos marineros que con gran pericia enseñaban con orgullo la ciudad.


Abordé sus muelles, caminé por íntimos y recónditos entornos descritos minuciosamente en los libros, quise atender mis propias impresiones, sensaciones, emociones, algunas inexplicables a través de palabras, recurriendo a bocetos y dibujos, tal vez una imagen diga más que mil voces.


La evocación de "una isla que se mece sobre un mar" sigue vigente; no sé cuánto tiempo más. Es presumible que se inunde cada vez que suban las mareas, mientras que en el aire suene una melodía universal, en boca de sus residentes, el bel canto con su legato habilidoso, será el santo y seña de que la ciudad aún existe.


La isla tiene un eco que se oye por doquiera, convoca al mundo con ecos inefables; carnaval, bienales y festivales. Existirá siempre una excusa amorosa para retornar a esta isla de mármoles traslúcidos e inmaculados, reclamados por el mundo y también por las mareas.